Gaitear caracoles

Gaitear caracoles

Nunca me ha gustado ver sufrir animales, aunque tampoco soy demasiado activista con estas cuestiones. Ver guisar caracoles puede resultar una experiencia dura para personas animalistas; hay que meterlos vivos en la cazuela y calentar el agua un poquito para hacerlos salir de sus autocaravanas. Una vez fuera, se les da un golpe fuerte de calor para hacerlos morir, quedando así perfectamente gaiteados. Sí, nuestras madres y abuelas amaban la naturaleza mucho más que nosotros, pero las cosas del comer tenían una vida paralela.

Los profesores, y profesoras, tenemos que cambiar muchas cosas, indiscutible, pero nos gusta sacar las gaitas poco a poco. Se dice que somos reticentes al cambio, pero son personas menores con las que trabajamos, tampoco podemos estar tirándonos a la piscina en invierno sin saber si el hielo cederá o no.

Cada vez que vemos nacer una Ley educativa pseudo-nueva la tomamos con calma, nos cuesta interiorizarla, no sabemos a qué principios responde más allá de un poco de reafirmación política de quien la pare, y de alguna no-idea de legisladores desconsensuados.

Pero bueno, la sacamos adelante ante nuestros equipos directivos e inspección, sin intentar dañar demasiado a nuestro alumnado. Algunos ilusos hasta buscamos en esas estructuras legales rescoldos para calentarnos y avanzar por donde tiene sentido hacerlo, procurando hacer las cosas mejor cada día. Incluso estiramos los cuernos al sol, sacamos las gaitas como hacen los caracoles sin salirnos demasiado de la olla.

Hasta que, después de unas elecciones cualquiera, llega el letal golpe de calor, la nueva Ley educativa que nos deja seca la estirada gaita, que nos vuelve a desilusionar, que hace inválido de nuevo el inmenso trabajo de adaptación sin dañar.

La inutilidad de este quehacer de todas las fuerzas políticas en torno a la educación no les permite pasar de pequeños ajustes lingüístico-territoriales, de escorar la cosa hacia Filosofía o religión católica o de concertar más o menos. Tengo muchas ganas de gritar, aunque sé que todo rebotará en las paredes de mi clase:

Por favor, cada vez que hablen de Educación, háganlo sentados todos juntos en la misma mesa, en la que no comerán hasta que no lleguen a un acuerdo sobre lo que verdaderamente necesitan nuestros menores para ser personas felices y libres de avanzar en la sociedad que tenemos, y sean capaces de mejorarla en el futuro. Y, de paso, que no se sirva el postre en esa misma mesa hasta que no acuerden dejar de faltar al respeto al trabajo de miles y miles de docentes que hacen todo lo posible día a día porque mejoren sus alumnos y alumnas.

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